Leía Los Heraldos Negros de Cesar Vallejo en aquella habitación, en casa de amigos extraños, de esquinas convexas, ventanas salidas, y solamente recuerdos de lo que fue y no volverá a ser jamás. Estaba ahí leyendo frente a la hermosa vista de la bahía de San Francisco, desde el escritorio viejo lleno de remembranzas y la silla gótica de gamuza rojo vino y con el Marlboro en una mano:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma...yo no sé!
Son pocos; pero son . . . abren zanjas oscuras
en el rostro mas fiero y en el lomo mas fuerte,
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte“




