You are here: Home Biblioteca Remembranzas

EscritorX.com

Remembranzas

Correo electrónico

 Capitulo Uno

 
Recordaría muchos años después, que andábamos en una de esas escapadas fugaces donde nadie sabía donde estábamos -por Barranco, aquel distrito de la capital donde el tiempo se detuvo y donde nosotros los de antes tratamos de detener ese momento nuestro esta vez.    Huíamos de los decapitadotes del alma, de los ridículos del barrio, de la envidia y las frustraciones de aquellos no como nosotros que no sabían mas.  Entonces fuimos a la taberna loca del artista amigo mío, aquel que fue y ya no es mas.  Y que te decía las locuras más grandes de mi vida y mis secretos no eran mas secretos contigo, al cabo éramos como los pocos verdaderos amigos que uno logra tener y que se lo cuentan todo de repente.

Bebíamos cerveza, nos mirábamos y ella me sonreia con todo el resplandor de su adolescencia virgen.
-Es curioso que no hablamos del mañana cuando me encuentre a miles de kilómetros de este lugar -dije yo-.
-Para que preocuparnos ahora cuando te vas de todos modos y lo que importa es el presente donde nos sentimos tan bien - dijo ella bebiéndose el vaso de cerveza.

Saque el paquete de cigarrillos que llevaba dentro de la chaqueta de aviador heredada del abuelo Roberto Aurelio aquel que murio en la Guerra con Chile.   La miraba como si no la hubiera visto jamás, veía sus labios sensuales, sus ojos profundos, y ….no vi que el fósforo ardía entre mis dedos, abrí la boca, sacudí la mano y maldije.  Ella sonrió, contenta de poder pensar en cualquier otra cosa.
 -Yo se que estas pensando que seguro estos serán los últimos momentos que pasemos juntos -dije yo como si el fuego del cerillo me hubiera tocado el alma y pudiera haber leído su mente en esos momentos antes-.  
-Y se que iras a ver a la bruja a preguntarle si nos volveremos a ver.  Y la hechicera pílla de piel gitana te envolverá en una nube de tabaco tierno, te leerá las cartas y te dirá que nunca mas me volverás a ver, cobrándote no se cuanto por supuesto.  Y yo por no hacerle caso a ese embrujo cruzare el Atlántico y haré el relámpago congelarse en la cresta de la ola del instante, como aquel otoño cuando te volví a ver.
     -¿Me lo prometes? ¿Me lo prometes escritor?  dijo ella riéndose mucho a carcajadas.
Tal vez era lo absurdo que ella rescataba de mis palabras lo que me hacia reir de mi mismo, de mi seriedad didáctica y dimensionalidad plana.  De reírse de uno mismo, de la vida y no terminar maldiciendo el día en que nacimos, sino contemplar el mundo a nuestro alrededor y sentir esperanza.  Que algún día podamos crear truenos y relámpagos, y que no venga un funcionario de la banca internacional de no se donde a decirnos que solo podemos tener pan con te, porque algún cobarde en uniforme o un ex-presidente que ahora disfruta en exilio ha privado a su propio pueblo no solamente de sus pocas riquezas arduamente adquiridas, pero también de las sublimes esperanzas de un futuro mejor, y después de todo, que eran estos demagogos sino  unos infelices aprovechándose de la buena fe y de los santos.  Pensaba yo todo esto  y  sentía nauseas del cuadro que yo mismo había pintado en mi mente de locura tercermundista.
-¿Que es lo que estas pensando que pones esa cara?.
-Oh, nada importante ahora -dije yo apresurandome y listo para cambiar el tema.
Así seguíamos hablando de otros cosas y mas.  A veces cosas absurdas, como si fuera posible retroceder el tiempo y volver a vivir aquel ultimo día que nos acababa ya.  Y recuerdo que hablamos de algún día ir al ártico y poder ver las auroras boreales, los osos polares y los días eternos, como hubiéramos querido que ese día fuera.  Recuerdo también que nos recitábamos párrafos de distintas novelas de sangre, conciencia y vida, de Rayuela y Drácula, onomatopeyas tal vez, de Stocker y Cortazar, de Sartre en La Nausea.  Y de como aquel profesor de filosofía que iniciaria mas tarde el grupo terrorista llamado Sendero Luminoso, quería hacer de la sociedad un triangulo y de cada hombre un cuadrado.    Y odie a Marx, y a Mao-Tse-Tung y a todos los filosofos y su enteros volúmenes de filosofia, con su perfeccion de lenguaje y logica, y asi como lo ponia Foucault: “The ultimate language of madness is that of reason”

-Mi amor, todavía pensando en nuestros problemas tercermundistas?
-Se nos acaba el dia y la vida hoy- dije yo.
-Pues hagamos de este dia lo maximo posible – Ariana sonriente replico.

Y pensaba lo cruel e injusto de nuestra existencia, que termina en un con una cruel muerte donde el otro yo que vive en nosotros parte lejos a su origen y acaso empezaba a creer que las religiónes son para los debiles, pero si es asi, hemos sido debiles por siempre, y las religiones han sido y seguiran siendo, pues tienen un proposito en nuestra alma, y es el de hacernos crecer espiritualmente, pero estos mitos han cesado de evolucionar y ese es nuestro problema actual: buscamos ya no en las religiones pero en substitutos la respuesta que ya nuestra fe no nos da.   

Y despues de ese dia perpetuo en mis memorias, cuando residiria en el extranjero muy lejos de ti donde me encontraria como el destino quiso que fuera – como simpre ha querido-, te buscaria en mi alma profunda en los momentos tristes y desamparados, y de nuevo el centello de luz dentro de mi brillaria.  Asi me servia a mi mismo saber que tu estabas dentro de mi y que siempre lo estuviste,  para poder levantarme de nuevo y seguir luchando en esta vida que a veces es cruel y despiadada..  Eras ya de aquellos amigos tan pocos yo no se y te recordaba besandome y echandome el humo del cigarrillo para despavilarme y reirnos de nuevo, alli cuando empezabamos a amarnos de nuevo.

Y pensaba en aquellos momentos desde varios otoños después y en donde diablos habíamos terminado por parar.  De aquel destino lejano lleno de esperanzas e ilusiones, y de que todo el resto de nosotros nos levantamos en la mañana, tomamos el café de costumbre, y salimos a nuestra rutina diaria, salimos a la calle, tomamos el carro o el autobus llegamos al trabajo, esperamos que sea las cinco, tomamos el carro de nuevo, el carrro de nuevo tomamos, tomamos el autobus, el autobus tomamos, cafe tomamos cafe, igual, igual, igual, y que la suerte en la vida no es mas que la oportunidad que se nos presenta en el momento oportuno y … me doy cuenta que estas ideas son inútiles contra el dogmatismo de algunas personas, como en aquel caso que ella creía verdaderamente que nuestro destino ya estaba escrito en la palma de nuestras manos como lo esta la del pobre animal en la lucha inútil contra el matador en tarde tauromaquia con mucho vino, olor a muerte y llena de sangre.
 -Vamos a ver el atardecer que se nos va - dijo ella.

Salimos del bar del aquel amigo mío, que ya no lo es mas.  Caminando por la acera, y el mar tan cerca, íbamos sin pronunciar palabra, tal vez pensando en el océano azul de nuestro presente momentos, aquellos que ya sabíamos eran ya nuestros dulces recuerdos de mañana y veíamos las estrellas lejanas de nuestro destino:  Kiffa Borialis, Kiffa Australis, Gamma y Zuben El-hakribi; y si aun no lo saben, alcen los ojos al cielo una noche clara de octubre y búsquenlas en el universo infinito de sus pensamientos.  Llegamos a la orilla del mar que siempre estuvo allí con sus olas inmensas esperándonos, llegamos antes que el sol ocultasese y con los pies desnudos andamos por aquella playa de arenas color bronce húmedo reflejando el atardecer rojo en el resplandor de nuestras vidas, en el marco silencioso de las olas inmóviles que no podían caer jamás.  La mire y algo que parecían unas lagrimas cayeron de sus bellos ojos negros, era el adiós de unas horas mas tarde.  Verla allí en aquel momento con sus grandes ojos tristes fue inexplicablemente doloroso, y cuando leyera sus cartas donde me hablaba de amor me acordaría de aquellos momentos y me preguntaría donde quedo aquella hermosa ilusión de la tarde aquella de otoño.   Y lo escribo yo, porque quien mejor que yo que estoy muerto.
    
Fue también aquella noche cuando nos abrazamos desnudos por primera vez, en aquel cuarto de espejismos nuestros reflejados en las paredes revestidas de estaño, sobre la mesa enchapada del siglo anterior.   Esa noche quedaron atrás fantasmales visiones, tal vez el colegio de monjas de la pureza y castidad.  Acaso era el momento de refutar dogmas ancestrales, de volver a nacer, desear vivir y saber morir.  Pero el plan infinito de la vida en las que las cosas suceden como deberían suceder y no como quisiéramos que sucedan, se acercaba apresuradamente hacia nosotros.  Nosotros que envueltos en lino blanco en el más bello recuerdo de nuestra fuerza, juntos.   Sin tiempo, viviendo aceleradamente, volviéndonos adultos, y comenzando a olvidar lo que nunca deberíamos haber dejado en primera instancia, y antes de oxidarnos de frió,  de poner el éxito como la finalidad suprema en nuestra vida, de negar todo ejercicio de pensamiento que prescinda de inmediata finalidad, por vana e infecunda, de vivir para la realidad inmediata, antes de todo esto, nos volvimos a amar.

Al cabo todos nosotros caeríamos en el nihilismo.  Ser un ser insatisfecho, un no poder amar a nadie o a nada, una agitación sin objeto, un disgusto ante si mismo y un amor por si mismo-, un cristiano incompleto que ha dejado de creer.  Aprenderíamos todos nosotros a despreciar los valores afectivos como estorbos, y entonces habríamos perdido ya la riqueza de nuestra experiencia interior y nuestra espontaneidad.  Así los hombres modernos que somos preferimos ser llamados malos que tontos.   Pensaba yo todo esto y en la humanidad, y quien soy yo para escribir todo esto.  Yo que sabiendo la aparte de mi.
    
-Te voy a extrañar-  diría ella al despedirse de mi, y yo no podría decir nada.  No podría decir nada no porque no quisiera, sino porque tenia un nudo en el alma.  Un nudo que nunca me dejo expresarme, un mirar atrás y pensar que no habíamos hecho lo correcto y seguir viviendo en el pasado.  Un nudo que lo traía desde hace mucho tiempo atrás, desde que una noche cuando era pequeño baje de mi habitación a la primera planta de nuestra hermosa casa antigua, y vi un inmenso cofre de acero y mucha gente vestida de negro alrededor.  Me acerque, y apoyándome en un pedestal asome los ojos y vi a mi inmóvil abuelo, Roberto Aurelio, descansar dentro del cofre de sus historias lejanas.

Esa noche, que nos acostamos desnudos por primera vez, partí de Lima y no quise saber que no volvería a verla hasta varios otoños después donde nosotros los de antes ya no seriamos los mismos.

 

Todos los derechos reservados.  Se prohibe la copia o reproduccion total o en parte de este contenido sin la previa autorizacion por escrito del autor.   Para mas informacion escribir a:  Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla